Venezuela bajo el yugo del narcotráfico: un régimen que se ahoga en coca y corrupción
Vierne5. / Editorial.
Las recientes acusaciones de Gustavo Petro evidencian la complicidad entre Maduro, el ELN y el Cartel de los Soles, revelando un entramado criminal que desangra al Catatumbo y amenaza la estabilidad regional.

La palabra “narcoestado” suele emplearse con demasiada ligereza, pero en el caso de Venezuela, no cabe otro calificativo para describir la realidad que se vive en sus fronteras, sus selvas y sus ciudades. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, encendió de nuevo la alarma internacional al señalar la responsabilidad del régimen de Nicolás Maduro en la escalada de violencia y narcotráfico que azota la región del Catatumbo, un territorio convertido en corredor del crimen organizado y foco de una crisis humanitaria sin precedentes.
Los vínculos entre Maduro y el ELN no son un secreto para nadie. Desde hace años, los servicios de inteligencia, medios independientes e incluso informes de organismos internacionales han denunciado la presencia de esta guerrilla en territorio venezolano, protegida y respaldada por las altas esferas del poder chavista. Se calcula que más de 40.000 hectáreas se encuentran sembradas de coca, cuyos cargamentos terminan en los puertos de embarque con destino a los Estados Unidos y Europa. El Cartel de los Soles, liderado por altos funcionarios como Diosdado Cabello y el propio Maduro, es la columna vertebral de esta estructura criminal.
Mientras tanto, el pueblo venezolano continúa inmerso en una catástrofe humanitaria. El hambre, la inseguridad y la represión son el pan de cada día. El ejército, la policía y pandilleros actúan como cómplices y escoltas del paso de drogas a lo largo y ancho del país, garantizando que el negocio prospere bajo la sombra de la corrupción. No es casualidad que la DEA haya señalado con insistencia la participación de altos mandos venezolanos, evidenciando cómo se convirtió a Venezuela en un santuario para narcotraficantes y grupos armados ilegales.
La denuncia de Gustavo Petro llega en un momento políticamente complejo. El presidente colombiano, tras haberse visto obligado a recular ante Donald Trump en materia migratoria y de seguridad, ahora lanza un dardo directo al régimen chavista, quizá para dejar en claro que no tiene intención de ser su aliado. Parece un intento de limpiarse la imagen tras sus acercamientos iniciales a Maduro y un modo de demostrar a la Casa Blanca que no está tan cerca del chavismo como algunos pensaron.
Para nadie es un secreto que, detrás de la retórica bolivariana, se esconde el miedo del régimen de Caracas a una respuesta contundente de Estados Unidos. Con el senador Marco Rubio recorriendo la región y alzando la voz contra el narcotráfico y la violación de los derechos humanos, las señales indican que la paciencia en Washington empieza a agotarse. Los “guiños” nerviosos de Maduro, intentando disimular su temor con risitas forzadas, lo delatan. Ya se vislumbran sanciones más fuertes y acciones coordinadas de la comunidad internacional, que no puede seguir ignorando el cáncer que es el Cartel de los Soles, expandiendo su red criminal al amparo del poder.
La denuncia de Petro sirve, al menos, para subrayar lo que millones de venezolanos llevan años sufriendo: un régimen usurpador, financiado por el narcotráfico y sostenido por la violencia de grupos armados. Una maquinaria de corrupción que no solo desangra a Venezuela, sino que desestabiliza a toda la región. El Catatumbo es hoy el escenario más visible de esta tragedia, un teatro de operaciones donde la guerrilla, los militares venezolanos y el hampa organizada actúan en perfecta coordinación.
De esta situación crítica se deriva un mensaje contundente: no basta con denunciar, es imprescindible actuar. De poco sirve la indignación internacional si no se traduce en sanciones efectivas, en presión diplomática y en apoyo decidido a la restitución de la democracia en Venezuela. Mientras Maduro y sus secuaces sigan lucrándose de la droga, la represión y el terror, la región continuará en jaque. Y el fuego que hoy devora al Catatumbo podrá encenderse en cualquier otra frontera, extendiendo el caos y el sufrimiento de millones de inocentes.
El narcotráfico es el combustible que alimenta a la dictadura de Maduro, y solo cortando su financiamiento se podrá aspirar a un cambio real. La pregunta es si la comunidad internacional —y especialmente los países de la región— estarán dispuestos a dar ese paso, o si preferirán contemplar, una vez más, cómo la crisis avanza sin freno por América Latina.
Vierne5. / editorial.
Victor Julio Escalona
Editor

