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Maduro finge indignación por los deportados a El Salvador, mientras sus calabozos siguen llenos de inocentes

Vierne5. / La Voz Del Lector.

Exige trato digno para los deportados, mientras tortura en El Helicoide

Si algo caracteriza al régimen de Nicolás Maduro es su descaro a la hora de hablar de derechos humanos. Ahora, en un giro digno del cinismo más puro, el dictador venezolano pretende presentarse como defensor de los venezolanos deportados por EE.UU. a El Salvador, exigiendo un “trato digno” para ellos, mientras en Venezuela sus propias cárceles están repletas de presos políticos sometidos a torturas.

El mensaje del chavismo es claro: cuando se trata de los migrantes venezolanos que EE.UU. ha deportado, Maduro exige garantías y condiciones adecuadas. Pero cuando se trata de su propio pueblo, la historia es otra. Las mazmorras del régimen siguen llenas de inocentes, perseguidos por el simple hecho de pensar diferente.

El doble rasero de Maduro: ¿defensor de derechos humanos?

Maduro y su cúpula han salido en estos días con discursos indignados denunciando el “trato cruel” que estarían recibiendo los venezolanos deportados a El Salvador. «Venezuela no permitirá que se maltrate a sus ciudadanos», ha dicho en una intervención televisada.

¿Desde cuándo Maduro se preocupa por los derechos humanos?
¿Desde cuándo su régimen ha garantizado un debido proceso para sus propios presos?

Este es el mismo Nicolás Maduro que ha sido señalado por la ONU y la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de lesa humanidad. Es el mismo que mantiene cientos de presos políticos en condiciones infrahumanas, que somete a torturas en centros como El Helicoide y La Tumba y que persigue a los disidentes con un aparato de represión despiadado.

Si en verdad le preocupara el trato digno de los venezolanos, hace tiempo habría liberado a los más de 1.000 presos políticos que están en condiciones infrahumanas en sus cárceles, algunos de ellos sin haber sido siquiera presentados ante un juez.

Venezuela: un país convertido en una prisión a cielo abierto

Los calabozos no son los únicos centros de tortura en Venezuela. El país entero se ha convertido en una prisión a cielo abierto. La represión del régimen no se limita a los opositores encarcelados; llega a cada rincón del territorio, persigue a periodistas, disidentes y hasta a la gente común que se atreve a expresar su descontento.

Incluso las embajadas se han convertido en cárceles. No es un secreto que en la embajada de Argentina en Caracas se encuentran asilados dirigentes perseguidos, sin poder salir por temor a ser detenidos.

Maduro finge horrorizarse por las deportaciones y habla de «persecución injusta», pero él mismo ha utilizado el destierro como un arma de control político. Miles de venezolanos se han visto obligados a huir por la persecución del régimen, y ahora, cuando son deportados, Maduro intenta utilizarlos como una pieza de propaganda política.

Las verdaderas razones detrás del falso humanitarismo de Maduro

Detrás de esta “indignación” fingida de Maduro hay una estrategia política bien calculada. No es que le importen los venezolanos deportados. Lo que le preocupa es que este nuevo giro en la política de Trump lo deje sin capacidad de negociación.

Desde hace tiempo, Maduro ha intentado venderse como un aliado “confiable” para los Estados Unidos, ofreciendo en bandeja de plata petróleo y cooperación migratoria a cambio de que le levanten las sanciones. Sin embargo, con la nueva ola de deportaciones y el fin de la licencia de Chevron, Maduro ve cómo se esfuman sus posibilidades de obtener concesiones por parte de Washington.

Por eso lanza discursos de supuesta defensa de los migrantes venezolanos, intentando posicionarse como un líder protector del pueblo que tanto ha maltratado.

Mientras Maduro finge indignación, la represión no cesa

El aparato represivo de Maduro sigue en marcha. Hace apenas unas semanas, activistas de derechos humanos denunciaron nuevas detenciones arbitrarias. Mientras el dictador llora por los deportados, sigue persiguiendo periodistas, siguen ocurriendo desapariciones forzadas y los presos políticos continúan sin recibir atención médica adecuada en los calabozos del régimen.

Maduro no puede hablar de justicia, cuando en su país la justicia está secuestrada por su dictadura. No puede hablar de derechos humanos, cuando los informes de la ONU lo acusan de crímenes de lesa humanidad. No puede hablar de persecución injusta, cuando su régimen ha criminalizado toda forma de disidencia.

Conclusión: Maduro, el menos indicado para hablar de derechos humanos

El régimen de Maduro ha convertido a Venezuela en una prisión sin rejas, donde la gente huye por hambre, por persecución y por la imposibilidad de tener un futuro. Ahora, el dictador pretende lavarse la cara con discursos hipócritas sobre los migrantes venezolanos deportados, mientras sigue pisoteando los derechos de millones dentro de su propio país.

Maduro no es, ni será nunca, un defensor de los venezolanos. Es el verdugo de un pueblo que ha tenido que exiliarse para sobrevivir, mientras él se aferra al poder con represión y miseria.

Mientras sus palabras intentan confundir, la realidad es una sola: el régimen chavista es el principal responsable del sufrimiento de los venezolanos, dentro y fuera del país.

Vierne5. / La Voz Del Lector.

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