El 11 de abril: Un total desastre
Vierne5. Lo dijo el portal web de DW Noticias, la agencia alemana de noticias
en español: El 11 de abril en Venezuela fue un total desastre.
Un golpe de Estado sacó a Hugo Chávez del poder en 2002. Pero los excesos
de una oposición triunfalista lo hicieron volver tres días después. Su regreso
fue un error para él y para la historia, opina Johan Ramírez.
Fueron tres días de película. Una de acción y suspenso que comenzó el 11 de
abril de 2002: una trama de conspiraciones políticas y armadas, protagonizada
por la mayor protesta de la historia democrática de Venezuela, un millón de
personas, y luego, una masacre: 19 muertos, más de 120 de heridos,
francotiradores en el centro de Caracas. Indignación, estupor. Y luego, lo
inevitable: el presidente Chávez fue obligado a dejar el poder. Un golpe de
Estado.
Después vinieron dos días de excesos: el nuevo gobierno, embriagado de
triunfalismo, desarmó la institucionalidad con un decreto, y desató una
grotesca ola de persecución y represión; entonces, los militares, ahora los
leales a Chávez, decidieron hacerse del Palacio de Gobierno. Un golpe dentro
del golpe. Hubo confusión, incredulidad, rumores que fueron confirmados al filo
de la madrugada del tercer día, el 13 de abril: una luz cruzaba el cielo pétreo
de la capital: era un helicóptero militar. Adentro, recién liberado de su prisión
improvisada en una isla del Caribe, venía Hugo Chávez para retomar el poder.
¡Qué película! Pero no terminó allí: a partir de entonces comenzó otro filme,
este, en cambio, de terror, cuyo legado, veinte años después, se traduce en la
destrucción del Estado y su economía, la división social y, en última instancia,
la consolidación de una despiadada dictadura.
El análisis de DW destaca que los chavistas no tenían la capacidad para
gerenciar algo tan grande, y por allí entró la incompetencia, la mediocridad, y
luego la corrupción.
Tomar el control de PDVSA, insignia sagrada del país, sentó un precedente
lamentable. Después vino el desmantelamiento de las instituciones para
garantizar el poder absoluto y sostenido: Consejo Nacional Electoral, Tribunal
Supremo de Justicia, Contraloría General de la Nación, Procuraduría,
Defensoría del Pueblo. Esta última se desvirtuó tanto que, con el tiempo, y
dado que no protegía los intereses ciudadanos sino los de Chávez y su
camarilla, fue rebautizada popularmente como la Defensoría del «Puesto”.
Luego vino la expropiación de la empresa privada como retaliación política,
como acto hegemónico del poder, o simplemente como una nueva forma de
robar. Industrias fértiles se marchitaron a causa de la malversación de fondos,
y la sumatoria de todas estas catástrofes produjo la inevitable destrucción de
la economía nacional, hoy asfixiada en un mar de inflación incalculable y
perdida en reconversiones monetarias que apenas sirven para quitarle ceros al
devaluado bolívar, pues no logran detener el descalabro.
Ese período de transformación del Estado hacia un modelo autoritario conllevó,
en segundo lugar, a un creciente descontento popular, que a su vez trajo
división social como nunca se había visto en Venezuela.
Por un lado, los chavistas; por el otro, los «escuálidos”, un término peyorativo
con el que el oficialismo designaba a la oposición. La intolerancia hacia la
crítica se liberó de los linderos de la política para instalarse en los hogares y en
las familias.
Innumerables veces esa confrontación ha tomado las calles, y el resultado son
cerca de trescientos muertos en dos décadas de manifestaciones, según cifras
de la ONG Foro Penal.
La crisis del 11 de abril le enseñó al chavismo que era necesario controlar el
descontento popular, y para ello debía silenciar la disidencia, la prensa libre, el
pensamiento independiente, y los partidos de oposición: una forma de hacer
gobierno que condujo a la tercera desgracia: la dictadura.
Aunque tenía vicios autoritarios, el Chávez que recibió el golpe en 2002 era un
demócrata. Pero luego de aquel abril se transformó. Se radicalizó. Se convirtió
en el tirano que premiaba en televisión a los esbirros que reprimían las
manifestaciones opositoras, que metía políticos en las cárceles, y que manipuló
todo el sistema electoral para detentar el poder para siempre. Hasta que el
cáncer lo sorprendió.
Sin el golpe de aquel abril, tal vez Chávez no se habría hecho un dictador, que
-con todo lo que ello implica- es el origen de todos los males que hoy padece
Venezuela.
Debió irse el 11 de abril. Hoy sería recordado como un presidente de izquierda
que quiso cambiar el país, pero que fue vencido por la derecha tradicional.
Pero volvió. El 13 volvió para convertirse en lo que fue hasta el día de su
muerte.
Su regreso fue un error para él, para su memoria, para la izquierda. Pero sobre
todo fue un error para Venezuela y para América Latina. Si el 11, el día del
golpe, es una fecha trágica que ahora cumple veinte años, el 13, cuando
regresó, es un día que nunca debió existir-

